Cuando en 1588 la flota inglesa conseguía inflingir una grave derrota a la Armada Invencible en la batalla naval desarrollada a lo largo de Gravelines, el trono de Inglaterra estaba ocupado, lo hemos dicho ya, por Isabel.

Hija de Enrique VIII y de la desventurada Ana Bolena, sucedió en el trono a su hermanastra María la Católica en 1558. Siguiendo las orientaciones que marcara su padre Isabel dio un sesgo decididamente insular y marítimo a la política inglesa, a la vez que un refinado carácter a su corte, convertida en el centro de un espléndido florecimiento de las letras y las artes. Durante la época isabelina la economía inglesa alcanzaría un prodigioso desarrollo. Comerciantes y* artesanos franceses y flamencos, llegados a la isla para huir de las persecuciones religiosas en el continente, eran los responsables del nacimiento o desarrollo de las industrias de la lana, la seda, el vidrio, el papel, los encajes y la cerámica. El comercio marítimo se hallaba en un espléndido momento. Acababan de fundarse las primeras Compañías comerciales, de las que se establecieron sucursales en diversos países lejanos, mientras que siguiendo las líneas marcadas algunas décadas antes por Juan Cabot, quien al servicio inglés había descubierto las costas de Terranova, naves de carga, de exploración y muy especialmente de piratas se habían aventurado hacia las regiones más remotas y desconocidas de la tierra.

Pero esta actividad no tenía un carácter exclusivo; lentamente, y no sin vacilaciones, Inglaterra había comenzado a pensar seriamente en una auténtica y sistemática actividad colonial. Y así, en 1584. un brillante cortesano de Isabel. Walter Raleigh (1552-1618), desembarcaba en América septentrional y sentaba las bases de la primera colonia inglesa, denominándola Virginia en honor de la reina virgen.

La empresa de Raleigh constituye el punto de arranque de un afortunado asentamiento inglés en América septentrional y de una nueva y más moderna actividad colonial con respecto a la española y portuguesa. En la primera mitad del siglo XVII todo el sistema colonial se veía sometido a una profunda reestructuración generada por las iniciativas holandesas, inglesas y francesas. Como consecuencia, hacia mitades de siglo, cada una de las naciones europeas con salida al Atlántico, a saber, España. Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra, había conseguido crearse un vasto imperio colonial cuya importancia era inmediato reflejo de las posiciones que fue ocupando en el ámbito de la política europea. Tal como sabemos, los primeros estados colonizadores en el orden temporal fueron Portugal y España, quienes mantuvieron el monopolio de la expansión colonial durante casi un siglo tras los primeros grandes descubrimientos. Pero en las últimas décadas del siglo XVI el dominio exclusivo de los mares y tierras recientemente descubiertos se hallaba ya gravemente amenazado. Posteriormente, en la primera mitad del siglo XVII, se desarrollaron una serie de nuevas iniciativas coloniales en América. Asia y a lo largo de las costas africanas, siendo los principales protagonistas de las mismas holandeses e ingleses, naciones mucho menos empeñadas que las otras en la lucha por la hegemonía en Europa.

Dentro de esta febril expansión colonial, destinada a provocar contrastes y a agudizar rivalidades, es fácil detectar una notable diferencia de objetivos y una profunda disparidad de resultados entre los distintos estados europeos. Por ejemplo. España, desde mucho tiempo atrás dedicada a mantener una política colonial de viejo corte, se limitaría durante años y años a explotar los recursos minerales de América meridional, y sólo a comienzos del siglo XVII decidió favorecer la agricultura y la ganadería en sus colonias con la creación de grandes latifundios reservados a los colonizadores españoles y trabajados por peones indígenas, quienes se hallaban sometidos por la fuerza al trabajo o recibían una recompensa en forma de alimentos, vestido y educación religiosa.

A pesar de moverse de acuerdo con viejos esquemas, el colonialismo portugués aún podía ser considerado floreciente en esta época, pues aunque fuera retirándose gradualmente de África y de Asia en beneficio de los holandeses y renunciara, en consecuencia, a su antiguo monopolio del comercio de especias, paralelamente se había preocupado de reforzar su presencia en Brasil, donde se extendieron las grandes plantaciones de caña de azúcar cultivadas por indígenas que trabajaban como esclavos al servicio de una potente casta de propietarios portugueses.