En el caso de Francia las empresas coloniales también habían sido precedidas por viajes de exploración a las costas de América septentrional, como los que llevara a cabo en 1524 el florentino Giovanni da Verrazzano y en 1534 el francés Jacques Cartier. Pero la auténtica carrera colonizadora francesa en América septentrional se iniciaría a principios del XVII bajo el reinado de Enrique IV. La fundación en 1608 de Québec, en la Nueva Francia o Canadá, seguiría siendo el punto fundamental del colonialismo francés hasta 1763.

Estos tímidos inicios de la política colonial francesa encontraron más tarde un vigoroso impulso en la obra de Richelieu y después en la de Colbert, con la creación en 1664 de las grandes Compañías de las Indias Orientales y de las Indias Occidentales, a las que les estaban reservadas respectivamente la propiedad de las tierras aún no ocupadas al este del Cabo de Buena Esperanza y la de las tierras de las colonias francesas existentes en América. A tales Compañías se les concedió durante un buen número de años el monopolio comercial con ultramar.

Este tipo de política permitió un rápido desarrollo de la colonización francesa en América septentrional. En decenios sucesivos los dominios franceses se extendieron desde el San Lorenzo y los Grandes Lagos hasta el Golfo de México a lo largo de la cuenca del Mississipí-Missouri; estos territorios serían bautizados con el nombre de Luisiana, en honor de Luis XIV; de hecho, la ocupación efectiva se limitó al establecimiento de unos pocos centros a lo largo de las corrientes fluviales (Saint Louis, Louisville, Nueva Orléans), puntos que más tarde se convertirían en centros de fricción con los ingleses.

Contemporánea a la francesa, pero destinada a acabar imponiéndose a causa de las novedades introducidas en la composición social de sus colonias americanas, fue la expansión inglesa. Después de los primeros y arriesgados viajes de sondeo que se efectuaron en la época isabelina, a comienzos del siglo XVII los ingleses iniciaron una colonización sistemática de la costa de América septentrional entre la cuenca del San Lorenzo, bajo control francés, y la Florida, dominio español. Esta operación se materializó en 1606 con la institución de la Compañía de Londres, a la que se le reservaba la explotación de las tierras situadas al sur del paralelo 41 °, y de la Compañía de Plymouíh, a la que le estaba reservada la zona costera más septentrional. La primera de dichas compañías tuvo un rápido desarrolló con la difusión del cultivo del tabaco y la creciente utilización de esclavos negros procedentes de África. La segunda adquirió un vigoroso impulso tras la afluencia de los grupos puritanos que, perseguidos en su patria durante el reinado de Isabel y tras haber emigrado inicialmente a Holanda, desembarcaron en 1620 en la región conocida por Nueva Inglaterra, fundando una colonia de pequeños propietarios que vivían de los productos de su trabajo, de la cría de ganado y de la caza. Esta colonia se fortalecería más tarde con la continua llegada de emigrantes ingleses y escoceses. Se formaba así en tierra americana una nueva sociedad que no tardaría en hacer sentir su influencia sobre la propia Europa; era una sociedad basada en el autogobierno democrático, con una asamblea representativa autóctona y con escuelas propias; a finales del siglo XVII su población era de alrededor de 300.000 habitantes, y existía en ella un total respeto por las libertades política y religiosa.

Bastante más lentos y difíciles fueron los progresos de la colonización inglesa en las Indias Orientales, restringida durante mucho tiempo al ámbito puramente comercial y limitada al control de puntos estratégicos en las costas indias y en las desembocaduras de los grandes ríos. Sólo una vez alcanzada la segunda mitad del siglo xvm esta colonización se extendió a las zonas del interior.

Pero la expansión colonial realmente sorprendente fue la efectuada por los holandeses. En un primer momento la iniciativa correspondió a comerciantes y armadores privados, pero no tardaría en ser organizada y controlada por el gobierno a través de las compañías de patentes protegidas. En 1602 se fundaba la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, a la que se le concedió el monopolio del comercio en el océano índico y en el Extremo Oriente, y pocos años después se fundaba la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, a la que se le reservaba el comercio con el continente americano. Se formó así una enorme red de bases comerciales que se extendía por Asia, África y América. En el caso holandés no se trataba de establecer auténticos dominios coloniales sino de la ocupación o creación de escalas o puntos de apoyo que constituían fuentes de una desmesurada riqueza comercial y que, en ciertos casos, a fin de hacer frente a la competencia de las demás potencias coloniales, se conformaban como auténticos destacamentos político-militares. La única excepción de relieve a esta política colonial nos la ofrece la fundación, durante la segunda mitad del siglo XVII, de la primera colonia blanca autónoma de África, asentada en los territorios circundantes del cabo de Buena Esperanza y en la que se ubicaron algunos millares de agricultores y ganaderos (boers) emigrados de su patria tras las devastaciones ocasionadas por las guerras con Luis XIV.