En la primera mitad del siglo XVII se formó pues (y muy especialmente a través de la penetración inglesa y holandesa) un nuevo sistema colonial en el que iba adquiriendo un papel preponderante el hombre de comercio puritano, que había conseguido crear una vastísima red de intereses y experiencias que repercutiría más tarde en la propia sociedad europea. A este respecto es típico el caso del puritano inglés, que a través de dos revoluciones contribuiría a sentar las bases de un nuevo régimen político muy distinto al dominante en la Europa absolutista. La crisis interna inglesa se iniciaría tras la muerte de Isabel (1603), última descendiente de la dinastía de los Tudor, y la subida al trono de Jacobo I de Escocia, bajo cuyo reinado se unirían esta corona y la de Inglaterra.

Con Jacobo I se iniciaba la dinastía de los Estuardo, quienes estrecharon vínculos con la jerarquía episcopal anglicana, considerada el más válido sostén de la monarquía, y acentuaron la tendencia al absolutismo por derecho divino. Esta política provocó la cada vez más irritada oposición del Parlamento, en el que habían incrementado sus fuerzas los presbiterianos y puritanos hostiles a todo residuo de catolicismo en la Iglesia anglicana y a todo tipo de absolutismo. Aumentaron entonces los enfrentamientos, que no llegarían a eliminarse ni tras las graves persecuciones dirigidas contra los opositores a la corona; buena parte de estos últimos prefirieron emigrar a América y allí formaron el primer núcleo de la colonia denominada Nueva Inglaterra, dejando con su acción profundas huellas en la nueva sociedad anglo-americana. En julio de 1642 estalló en Inglaterra una guerra civil en la que se enfrentaron, de un lado, la monarquía absolutista apoyada por la nobleza terrateniente de confesión anglicana o católica, y por otro el Parlamento, a cuyo lado se alinearon los comerciantes, los armadores de naves y los pequeños propietarios rurales, en gran parte de confesión puritana o presbiteriana. Bajo el mando de Oliver Cromwell (1599-1658), convertido en jefe del ejército parlamentario a causa de sus dotes de hábil organizador y valiente guerrero, el frente de oposición consiguió derrotar a los partidarios del rey. Era el fin de Carlos I, que en 1625 había sucedido a su padre Jacobo I: condenado a muerte, Carlos I fue ajusticiado el 9 de febrero de 1649. Y con la muerte del rey caía también la monarquía. La Cámara de los Comunes proclamaba en Inglaterra una república gobernada por representantes del pueblo, al que se consideraba como única fuente de toda soberanía.

Pero pocos años duraría la única experiencia republicana de toda la historia inglesa Cromwell desencadenó un amplio descontento entre sus seguidores cuando en 1653, temiendo que la oposición adquiriera nuevo vigor y dejándose llevar por la convicción de que su persona era instrumento directo de la voluntad divina, se hizo otorgar el título de Lord Protector, asumiendo un poder casi absoluto y gobernando como dictador militar. Se abría así el camino de la restauración monárquica. No obstante, a pesar de la persistencia de serias divergencias políticas, que no se habían debilitado tras la muerte de Cromwell (1658), el gobierno republicano había imprimido un importante giro en la política estatal inglesa, que no podría ser anulado ni substancialmente modificado por las venganzas de Carlos II (1660-1685) ni por la política filo-católica de Jacobo II (1685-1688), su sucesor. El temor a la instauración de un régimen absolutista y de un retorno al catolicismo agudizaba la situación y convertía en inevitable la caída de Jacobo II, contra el que plantearían una rebelión abierta los partidarios de las prerrogativas parlamentarias. El rey se vio obligado a huir sin oponer resistencia y a refugiarse en Francia, mientras que Guillermo de Orange, ferviente protestante que poco antes había tomado en sus manos el gobierno de Holanda, desembarcaba con favorable acogida en las costas inglesas acompañado por un pequeño ejército (5 de noviembre de 1688).

Así, de forma pacífica, culminaba la revolución «Gloriosa», tal como fue denominada por los ingleses. Tras su huida el rey perdió sus derechos y su hijo sé vio privado de los de sucesión. El Parlamento reconoció entonces a su hija María como la legítima heredera del trono y el gobierno efectivo de la nación quedaba en manos de su esposo, Guillermo de Orange. Poco más tarde, el 13 de febrero de 1689, el soberano juraba la Declaración de derechos en la que se fijaban los límites del poder real. El monarca venía obligado a respetar y hacer respetar las leyes votadas por el Parlamento, no podía exigir el pago de tributos que anteriormente no hubieran sido aprobados por la cámara de los Comunes, no podía mantener en armas un ejército en tiempos de paz y debía garantizar y hacer respetar la libertad de palabra y de voto así como el derecho de petición por parte de sus súbditos. El anglicanismo fue nuevamente confirmado como la religión oficial del Estado. Poco después fue votada un Acta de Tolerancia en la que se concedía libertad de culto a los disidentes, ya fuesen puritanos, presbiterianos o independientes, pero con la exclusión explícita de los denominados papistas (los católicos) y de los librepensadores.