La revolución inglesa de 1688-89, al delimitar el poder monárquico y establecer que el núcleo de la vida política de la nación lo constituía la Cámara de los Comunes, considerada como representante de la voluntad popular y tutora de las libertades políticas y religiosas, instauraba un moderno régimen parlamentario representativo. Por lo demás, la revolución traía consigo una nueva orientación de la política exterior inglesa que provocaría un duro contragolpe en la situación europea.

Inglaterra era precisamente uno de los estados europeos más interesados en frenar la amenaza de un predominio francés y las ambiciones hegemónicas de Luis XIV. Ya en 1672 Guillermo de Orange había defendido Holanda contra las invasiones francesas y se había erigido en promotor de una coalición con el propósito de restablecer el equilibrio político amenazado por los peligros de una hegemonía demasiado dura y exclusivista. Tras su aclamación al trono de Inglaterra mantendrá idéntica política con motivo de la guerra de la Liga de Austria, momento en que el equilibrio europeo se ve otra vez amenazado por los deseos hegemónicos de Luis XIV.

La voluntad inglesa de restablecer el equilibrio de fuerzas entre los distintos estados europeos quedaba plenamente de manifiesto con ocasión de la guerra de Sucesión española. Ahora, a comienzos del siglo XVIII. el principio de equilibrio adquiría una fisionomía más precisa tras una lenta maduración proporcionada por la experiencia de siglos, hasta acabar convirtiéndose en una regla consciente de conducta política que se afirmaba como ley fundamental dentro de la vida europea. En consecuencia, el interés de Inglaterra en impedir la formación de un estado hegemónico frente al cual las Islas Británicas hubieran corrido peligro de supervivencia, se identificaba con el interés europeo, con la defensa de la libertad europea. Era imprescindible golpear al adversario movilizando y manipulando las fuerzas hostiles al mismo; éste era el método adoptado por la técnica diplomática inglesa, éste era el sistema más válido para frenar el espíritu agresivo de los potentes y para impedir el triunfo total de un Estado sobre los demás. Para Inglaterra esta conducta política estaba en función no sólo de su posición europea sino de la que ocupaba en el contexto mundial; era una postura encaminada a velar por su economía y por la defensa de sus intereses comerciales e industriales, que habían gozado de un tipo de desarrollo particular.

Guillermo III de Orange era el genuino intérprete de la nueva mentalidad inglesa, y al morir en 1702 en el punto álgido de la lucha , dejaba en herencia a la política británica unas huellas destinadas a perdurar en el tiempo. Las paces  de Utrecht y Rastadt, que sancionaban el triunfo de las tesis del equilibrio político europeo entre los Borbones franceses y españoles por una parte y los Habsburgo austríacos por otro, confirmaban la función de Inglaterra, que al consolidar su predominio marítimo obtenía las mayores ventajas políticas y económicas. De hecho Inglaterra no solo participaba en el reparto del botín español, asegurándose la posesión de Gibraltar y Menorca, sólidos puntos de apoyo en el Mediterráneo, y lograba el reconocimiento por parte francesa de su predominio en America septentrional a través de la adquisición de algunas importantes colonias, sino que arrancaba también de España un trato de privilegio dentro del tráfico marítimo del puerto de Cádiz, al que afluía el tráfico colonial, y la concesión del monopolio en el traslado de esclavos negros desde África a América.

El fin de la hegemonía francesa significaba el advenimiento de un sistema político basado en el equilibrio internacional, que en este momento se limitaba a un contrapeso de fuerzas entre Borbones y Habsburgos y quedaba garantizado por la supremacía marítima de Inglaterra.