Este principio, expresamente declarado y reconocido en el tratado de Utrecht (1713), se hallará también presente en las ulteriores crisis europeas del siglo XVIII, aunque como es obvio los términos en que se planteaba el problema debieron modificarse inevitablemente con el paso del tiempo. No obstante, Inglaterra siguió desempeñando un papel predominante en este juego del equilibrio político, interesada como estaba en mantener la paz. La paz favorecía a los intereses ingleses al permitir el desarrollo del comercio y garantizar la conservación de la supremacía que obtuviera con las cláusulas de la Paz de Utrecht, y a estos objetivos estuvo encaminada la habilísima actividad política desarrollada por Robert Walpole durante un par de décadas. Pero toda otra serie de elementos estaban comenzando a modificar, y acabarían por trastocarlos, los términos fundamentales del equilibrio europeo. La guerra de Sucesión polaca (1733-1738) ponía al descubierto las posibilidades de establecer una alianza entre Francia y Austria que contrarrestara la de las potencias marítimas. Inglaterra y Holanda. Cuando en octubre de 1739 estalló la guerra entre Inglaterra y España, quedó al descubierto la clara influencia que desempeñaba el sector atlántico-colonial en la búsqueda y consolidación del equilibrio europeo. Inglaterra, que hasta entonces había intentado mantener la paz por todos los medios, se vio lanzada al conflicto armado por la presión que ejercieran los más poderosos comerciantes y armadores, temerosos del renacimiento de España como potencia marítima, vigorosamente estimulado por Julio Alberoni.

Se transformaba así la política inglesa precedente. Frente a la amenaza sobre sus posesiones coloniales y los lucrativos privilegios comerciales de que gozaba, se hacía necesario intervenir buscando una coalición entre las potencias occidentales hostiles a los Borbones. Pero si bien la guerra de Sucesión austríaca (1740-1748) remitía la solución del problema marítimo y colonial a la restitución de los territorios ocupados durante el conflicto, la Paz de Aquisgrán firmada en 1748 dejaba claramente de manifiesto que todo el sistema de equilibrio político estaba entrando en crisis. Los intereses marítimos y coloniales acababan finalmente por prevalecer sobre los problemas continentales, tal como había intuido Inglaterra tiempo atrás. A pesar de la paz firmada en Aquisgrán, Inglaterra estimulaba el enfrentamiento de los colonos británicos contra los colonos franceses en tierras de América septentrional. De hecho, la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Que había venido precedida por una inversión de las alianzas tradicionales (alianza entre Inglaterra y Rusia, por un lado, y alianza entre Austria y Francia por otro, encarnizados enemigos en otros tiempos), daba la razón a Inglaterra.

El conflicto sobre el continente europeo, que se resolvió con la paz de Hubertsburg (15 de febrero de 1763), confirmaba a Prusia como nueva gran potencia europea capaz de disputar a Austria su tradicional supremacía sobre Alemania y los Estados Imperiales. Pero mucho más importante aún fue el resultado del gran enfrentamiento marítimo entre Francia e Inglaterra, que tuviera como marco los mares de América e India y que se clausuraría con la paz firmada en París el 10 de febrero de 1763.

El triunfo caía del lado de Inglaterra, a la que se le reconocía el absoluto predominio marítimo y colonial. Inglaterra obtenía de manos de Francia el control sobre Canadá, Nueva Escocia, Luisiana Oriental y alguna de las islas Antillas, así como el del Senegal en África, y el de La Florida, en América, hasta entonces perteneciente a España, país que durante el conflicto del «Pacto de Familia» había luchado junto a Francia.